jueves, 15 de diciembre de 2016

Mientras escribo esto

La gata Diana
se ha sentado en mi pierna
y observa, cazadora, cómo
se mueve la pluma. Sube
a la mesa, baja a mi pierna,
calcula la distancia
moviendo su cola. Lanza
zarpazos en falso, vuelve
a subir a la mesa.
Lo ha convertido en todo
un deporte. Debajo, lo sé,
late su instinto. No puede,
no la dejo, salir en busca
de plumas voladoras. Esas,
le explico, tienen un corazón,
así como vos, le digo, pulsando
la mancha gris de su pecho.
Ella se ofende y con razón,
me parece. Entonces va y muerde
- se lo permito - la pluma barata
que escribe esto; y se sienta
en el poema cuando dejo
caer la pluma. Se sienta
satisfecha. Cierra los ojos.
Un ronroneo orgulloso sale
de la mancha gris de su pecho.
Su presa ha sangrado lo suficiente.

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