martes, 26 de noviembre de 2013

Un día dejó de gustarme 
la poesía. Ya no sentí
ganas de leerla.
Ni siquiera un solo
verso corto / o al menos
un título absurdo 
como todos. 
Seguí leyendo, sin embargo.
Cuando vi 
una palabra envuelta
en otras tan iguales
tan llenas de 
manoteos del habla, 
material desechable, 
casi admití que fui necia,
que los significados líricos
no son, en realidad,
nunca, declarantes 
de guerras ni de paces
ni guardan misterio alguno.
Seguí leyendo, sin embargo. 
Probé, otra vez, decir 
los versos preferidos
pero no fue más
que masticar letras
que, como empleadas
de archivos, revisaban
aquel al que pertenecían 
y tachaban silencios
en alguna ficha estrecha
del ambiente.
Seguí leyendo, sin embargo.
Quise darme el tiempo
para olvidar otros
discursos cotidianos.
Lo abandoné todo
para traer de nuevo
el gusto perdido.
Leí mientras hervía
mil veces el agua
de infusiones frías,
mientras los platos sucios
juntaban insectos,
mientras los amigos, 
la música, el estómago,
la cordura de las cosas, 
hacían sonar campanas,
última chance de no sé 
qué posible vida en calma.
Apareció, quizás y apenas,
una sentencia: esas palabras
no te darán nada. Lloré
en prosa. No como género
literario, más bien
como prospecto médico,
como carta documento,
como obituario obligado,
como instrucción de uso
de un artefacto 
que no funciona.
Sigo leyendo, sin embargo, 
es evidente, algo espero,

como la rama que se queda 
oscilando en el aire 
entre las patas de un ave 
emigrante y el salto 
previo a su vuelo.