miércoles, 19 de junio de 2013

Un sillón espantoso

Cuando se rindió
la vida de Alguien,
apareció una anciana
de mil hartos años.
Ordenó: 
ahora, flores, señores,
y a llorar lo demasiado. 
Los presentes sacaron
pañuelos hermosos,
de colores sobrios,
y, comenzando, 
dejaron caer
las primeras lágrimas.
Algunos mostraban, 
soberbios, sus narices
enrojecidas. Otros
daban gritos de pena
mientras comían 
masas finas y demás
obsequios por asistencia.
Otros, los menos, miraban
el cajón en silencio,
se llenaban los bolsillos 
de recuerdos poco gratos 
y deseaban no haber ido.
Una mujer se hundió 
en un sillón espantoso,
y notó que aún no tenía
ni una pizca de dolor.
Compartió su inquietud 
con la empleada
del servicio fúnebre,
quien se encogió 
de hombros y dijo: 
la paz no llegará 

a fuerza de pétalos.

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