sábado, 18 de febrero de 2012

En la clase sobre clases

Nosotros aprendimos
¿nosotros quiénes?
que el que vive
desconsiderando dolores,
muere con un cerebro escuálido,
mal nutrido.

A los ocho años
nos empujaron
¿a todos?
por las escaleras
del colegio.
A los seis oímos
¿los menos sordos? chillar
a las ratas de la casa vacía,
del estómago prefabricado.
A los once
¿los menos ciegos? vimos
que las plazas no eran
más inocentes,

arenero
piojos
vinagre

bancos
mendigos
limosna

Nosotros aprendimos
¿aprendimos?
que la cabeza y el pecho
se nos desnuda
al levantar alguna
de las dos manos.

A los veinticuatro
¿los más torpes? trotamos
atravesando la noche
de las calles salvajes,
para entender de golpe
que la jungla es otra cosa,
y que no sabemos
si el miedo nos corresponde.

Que la casa se llena,
y el estómago consigue
nuevas tejas, pero tal cosa
no conforma nuestro sueño,
ni sueña con conformarnos.

La memoria nos sella la frente
con negras tintas indelebles.

Y saber callar no implica
comprender qué diablos,
qué carajo,
significa el silencio.