martes, 4 de octubre de 2011

El ayer es demasiado pasado

Los poetas de ahora escriben cosas así:

Cuando se rompió un caño
en la cocina de mi casa
que es en realidad la casa de mis padres
que es en verdad la casa de mis padrinos
que es por cierto la casa de la madre
de mi padrino...
Cuando eso sucedió
la mancha de humedad era
un hombre recostado
con gran nariz dotado
con un brazo levantado
a la altura de su pecho
y sus piernas deformes
tocaban la heladera.

Los poetas de ahora no quieren poetizar lo cotidiano, sino cotidianizar (¿qué?) lo poético.

Cuando me siento a escribir
en mi silla ruidosa
con mi teclado ruidoso
con mi taza de té
-        sorbiéndolo ruidosamente –
es porque pienso en vos
y el ruido de todo
me impide pensar.

(“en vos” concluiría yo, pero da lo mismo) Los poetas de ahora... ay, los poetas de ahora no desean alcanzar el ritmo, la métrica establecida, la rima prolija, no. Anhelan el protagonismo de la banalidad diaria de sus vidas en el único sitio donde pueden tenerlo: en un verso que es simplemente una oración para practicar análisis sintáctico básico.

El perro azul duerme bajo mi cama.
Tengo miedo de encender la luz
y levantar la frazada y mirar
bajo la cama donde podría
estar el perro azul
que duerme bajo mi cama
Ah, pero podría despertar
y morderme esos intentos
de crecer.

La-mentable. Los poetas de hoy se burlan de los poetas de ayer. No saben utilizar las expresiones que evocan “poemas de dorso de la mano en la frente”. En sus versos no funcionan las interjecciones.

¡Oh, primavera!
tu polen irrita, oh,
las mucosas nasales
de mis amores, oh.

¡Oh, primavera!
las alergias
me estornudan
recuerdos espantosos.

Los poetas de ahora son los poetas de ahora, del momento, del ya mismo. Y en este minuto comprendo que mis habilidades críticas son nulas.

El ayer es demasiado pasado,
muchos años irrecuperables.
Es hoy cuando el hombre recostado
me trae a la silla ruidosa
donde pienso en vos,
donde escucho ladrar al perro azul
y me burlo de expresiones remotas.

El poeta de ayer
era un caballero
que se retorcía en vano
dentro de su armadura

mientras que
el poeta de hoy
                 ensaya, 
libremente desvestido,
                 sus contorsiones.

Todos suelen escribir en verso para derrochar y transgredir espacios 

y algunos gustan de leer en voz alta 
para sentir que controlan
el tiempo que en realidad
es controlado
por la lectura ajena. 

2 comentarios:

Tamarit dijo...

Está buena la idea, la crítica, el palo. Me gustaría más de lo mismo.

Saludos sanvicentinos.

Anónimo dijo...

Polska, carajo!

Yo, en lo particular, rescato su sintética observación sobre el moderno anhelo de protagonismo de las propias banalidades.

Quizá el poeta de ayer era un caballero porque entendía que lo que merecía ser contado era algo que escapaba a él, y que debía ser conquistado, sí, y más allá de las formas que erigiera en lucha, había sobre todo valor y miedo.

Hoy es el derroche, como usté bien dice; su poesía recoge todo ese derroche moderno y lo recicla con amor y nostalgia.

Pero déjeme decirle que su voz no es antigua: su voz es una reconquista, y todo aquel que se haya echado algunas lágrimas con algún verso alguna vez, sabrá reconocer que detrás de la fría objetividad de lo cotidiano hay una aprehensible realidad de formas oscuras, de garabatos inteligentes.