jueves, 18 de agosto de 2011

El miedo... - Rafael Guillén

El miedo, no. Tal vez, alta calina, 
la posibilidad del miedo, el muro 
que puede derrumbarse, porque es cierto 
que detrás está el mar. 
El miedo, no. El miedo tiene rostro, 
es exterior, concreto, 
como un fusil, como una cerradura, 
como un niño sufriendo, 
como lo negro que se esconde en todas 
las bocas de los hombres. 
El miedo, no, Tal vez sólo el estigma 
de los hijos del miedo.


Es una angosta calle interminable 
con todas las ventanas apagadas. 
Es una hilera de viscosas manos 
amables, sí, no amigas. 
Es una pesadilla 
de espeluznantes y corteses ritos. 
El miedo, no. El miedo es un portazo. 
Estoy hablando aquí de un laberinto 
de puertas entornadas, con supuestas 
razones para ser, para no ser, 
para clasificar la desventura, 
o la ventura, el pan, o la mirada 
-ternura y miedo y frío- por los hijos 
que crecen. Y el silencio. 
Y las ciudades rutilantes, huecas. 
Y la mediocridad, como una lava 
caliente, derramada 
sobre el trigo, y la voz, y las ideas.


No es el miedo. Aún no ha llegado el miedo. 
Pero vendrá. Es la conciencia doble 
de que la paz también es movimiento. 
Y lo digo en voz alta y receloso. 
Y no es el miedo, no. Es la certeza 
de que me estoy jugando, en una carta, 
lo único que pude, 
tallo a tallo,  hacinar para los hombres.

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