martes, 22 de marzo de 2011

Para la tristeza de un gato

Hace días que te observo
cargar con esfuerzo
tu peso,
llevándolo del plato
a la mesa, a la silla, al marco
de la ventana.
No vas a conceder,
no querés,
tu nariz a las rosas
que miran al sur,
a los sapos
que miran al norte.

Yo no sé si hacerte ver
por no saber verte hacer
el gesto que te recuerdo:
los ojos cerrados
la semisonrisa en el hocico.
Incluso tus orejas
planean más bajas
Incluso más cortas
tus voces de hambre.

Presiento que estos días
me contás con tus vueltas
tus siete secretos
y uno de ellos te duele
en una de tus manos gatunas
y la posás sobre mi pierna
y yo no sé qué estaba haciendo
que no me daba cuenta.

Así que pensás
que mejor es el instinto,
el beneficio propio
y ajeno
que implica no hablar
y sólo ofrecer el lomo
a la caricia que te alimenta.

Por eso te sentás
primero en el umbral
de la siesta del domingo
y después venís
con tu majestuoso andar
a tantear mi corazón
a tender tu ronroneo
bajo mi libro, bueno

pero quieto ahí,
que no puedo adivinar
el final del capítulo.

2 comentarios:

Carlos Galeon dijo...

Si supiésemos entender su lenguaje... como ellos entienden el nuestro... casi seríamos tan buenos como ellos.

Adivinelo! dijo...

Sabe de dónde surgió el término "SPAM"?
Si con eso no se da cuenta...me enojaré mucho más de lo que ya estoy.