viernes, 22 de octubre de 2010

Tercera forma



Estoy tan sensible que todo lo que me toca los sentidos me produce una reacción alérgica.

Acabo de abrir la ventana y la brisa de esta mañana de fines de octubre - y de semana - se me metió por los oídos como una cucaracha. La rima abierta que salió palabras atrás no me causa un efecto muy distinto.

En el pulverizador automático alguien puso un perfume de vainilla que me eriza los vellos de la nariz, idea por demás horrible e impresionante para la imaginación pero qué tanto enroscar las cosas para hacerlas bellas cuando son en sí desagradables y no hay con qué darles.

Doy vuelta la hoja de un libro y el mínimo roce con el papel me raya el meñique de la mano izquierda. (Pienso que lo mínimo afecta lo que es mínimo). Enseguida salen en patota los glóbulos rojos (a todos los veo, a to-dos) que debería recuperar - hace tanto – ingiriendo carnes, prescribió la doctora Leal. A todo esto, me digo, mejor levanto las manos, hasta que se me duerman, con el objetivo obligatorio, impuesto, de no tocarte.

Estoy tan estúpidamente sensible que tan solo haber mordido, recién, un chocolate con frutilla, me produjo un cosquilleo generalizado en la boca, y tengo miedo de abrirla porque a ver si voy y te digo, entre tanta risa, más bobadas pegajosas, y eso te produce una reacción alérgica.

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