jueves, 30 de septiembre de 2010

Cazador de crepúsculos - Julio Cortázar

Si yo fuera cineasta me dedicaría a cazar crepúsculos. Todo lo tengo estudiado menos el capital necesario para la safari, porque un crepúsculo no se deja cazar así nomás, quiero decir que a veces empieza poquita cosa y justo cuando se lo abandona le salen todas las plumas, o inversamente es un despilfarro cromático y de golpe se nos queda como un loro enjabonado, y en los dos casos se supone una cámara con buena película de color, gastos de viaje y pernoctaciones previas, vigilancia del cielo y elección del horizonte más propicio, cosas nada baratas. De todas maneras creo que si fuera cineasta me las arreglaría para cazar crepúsculos, en realidad un solo crepúsculo, pero para llegar al crepúsculo definitivo tendría que filmar cuarenta o cincuenta, porque si fuera cineasta tendría las mismas exigencias que con la palabra, las mujeres o la geopolítica.
No es así y me consuelo imaginando el crepúsculo ya cazado, durmiendo en su larguísima espiral enlatada. Mi plan: no solamente la caza, sino la restitución del crepúsculo a mis semejantes que poco saben de ellos, quiero decir la gente de la cuidad que ve ponerse el sol, si lo ve, detrás del edificio de correos, de los departamentos de enfrente o en un subhorizonte de antenas de televisión y faroles de alumbrado. La película sería muda, o con una banda sonora que registrara solamente los sonidos contemporáneos del crepúsculo filmado, probablemente algún ladrido de perro o zumbidos de moscardones, con suerte una campanita de oveja o un golpe de ola si el crepúsculo fuera marino.
Por experiencia y reloj pulsera sé que un buen crepúsculo no va más allá de veinte minutos entre el clímax y el anticlímax, dos cosas que eliminaría para dejar tan sólo su lento juego interno, su calidoscopio de imperceptibles mutaciones; se tendría así una película de ésas que llaman documentales y que se pasan antes de Brigitte Bardot mientras la gente se va acomodando y mira la pantalla como si todavía estuviera en el ónmibus o en el subte. Mi película tendría una leyenda impresa (acaso una voz en off) dentro de estas líneas: "Lo que va a verse es el crepúsculo del 7 de junio de 1976, filmado en X con película M y con cámara fija, sin interrupción durante Z minutos. El público queda informado de que fuera del crepúsculo no sucede absolutamente nada, por lo cual se le aconseja proceder como si estuviera en su casa y hacer lo que se le dé la santa gana; por ejemplo, mirar el crepúsculo, darle la espalda, hablar con los demás, pasearse, etc. Lamentamos no poder sugerirle que fume, cosa siempre tan hermosa a la hora del crepúsculo, pero las condiciones medievales de las salas cinematográficas, requieren, como se sabe, la prohibición de este excelente hábito. En cambio no está vedado tomarse un buen trago del frasquito de bolsillo que el distribuidor de la película vende en el foyer ".
Imposible predecir el destino de mi película; la gente va al cine para olvidarse de sí misma, y un crepúsculo tiende precisamente a lo contrario, es la hora en que acaso nos vemos un poco más al desnudo, a mí en todo caso me pasa, y es penoso y útil; tal vez que otros también aprovechen, nunca se sabe.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Roxana Amed - Lonely people

Un hombre, luego de una lluvia de sapos, con los dientes hechos trizas, le dice a un policía:

I don't know where to put things, you know?

I really do have love to give
I just don't know where to put it


Y Roxana lo canta así:

lunes, 27 de septiembre de 2010

Segunda forma

Dice que se siente contenta porque sus manifestaciones neuróticas la obligan a pensar, por fin, en sí misma.
¿Por qué razón, justo ahora, después de tantos años de cuerda mesura, viene a inquietarla el sentimiento de un cariño exagerado? Y cuando termina de construir esa pregunta, inmediatamente conoce la respuesta. Por eso logra volver a sus lecturas, por eso la sonrisa boba, el tironeo del cable que la desconecta y, por tanto, la gloriosa y cálida sensación de pertenencia a la especie humana.

A tu silencio

lo observo y le sonrío
lo sostengo

- asoma entre mis manos
como un insecto hermoso-

lo acaricio
lo beso en la mejilla
lo dejo sobre la vereda

lo despliego
-como a un mapa,
lo despliego-
le persigo los ríos
con el índice
le señalo mi barrio

le cuento los lunares
le cuento lo que nunca cuento

además, lo huelo

lo echo, lo llamo
lo cuelgo de mi cuello
lo acuno
lo admiro

y te lo devuelvo

martes, 14 de septiembre de 2010

El desayuno

A mis viejos

- Las bocas humanas, todas, contienen más o menos lo mismo, ma... - no la miro a mi vieja, porque con eso le estoy hablando de “eso” - pasa que cada cual, cada mente, selecciona rasgos que siempre van más allá de lo visible (lo visible: labios, dientes, lengua, etcétera) y establece, según esa configuración ideal de género y edad, y otras preferencias, lo que le resulta besable... ¿no?- a mi hermana sí la miro. Ella levanta un pulgar ocultando la risa tras la taza.

Papá, que tiene esa manía de cerrarlo y apagarlo todo, busca nervioso la tapa de la mermelada.

- Tomá - me dice mi hermana - tapá el azúcar - y me tira algo que parece un timbre de un hotel antiguo, y sumerge una risa nasal en su té con leche.

Mamá no dice nada, pero me muestra un alfiler de gancho dorado, bastante grande, y me cuenta que lo usaba para sujetar nuestros pañales. Yo lo sostengo un rato hasta que lo abro y me lo acerco a la boca y lo miro a papá. Él sonríe con sus dientes separados (más que los míos) y me pasa un mate casi frío.

- Viejo - le digo - comprale una tapa al termo.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Grité tu apodo con una H al final… algo así como una onomatopeya.

Como si decir/gritar tu apodo fuera una forma de onomatopeyar el silencio. Acaso habla éste, y tiene sus propios sonidos y su propio sistema lingüístico.

Si el dolor también habla, ¿por qué no el silencio?

Para tratar de explicarme (con pronombre reflexivo), por ejemplo: decir “Ay”, no es lo mismo que decir “me duele”, porque si decimos esto último, racionalizamos, en cierta forma, ese dolor. En cambio, si proferimos la interjección “Ay”, es el dolor mismo el que habla.

Pienso entonces que el sistema lingüístico del dolor y del silencio podría ser esencialmente onomatopéyico.