lunes, 19 de enero de 2009

Exhumar la noche

Lucía pasó la noche presa de su cobardía. Un temor jamás resuelto, una fobia que se despliega en múltiples formas y por la cual ha estado sometiendo a su estómago a elevadas dosis de cafeína y somníferos, la obliga a enterrar la cara en la palma de sus manos cada vez que oye el murmullo del viento, una ventana mal cerrada que bailotea sobre sus bisagras, un grillo desafinado. La medianoche recién comienza y es infinita e indefinible como las líneas en las manos de Lucía. Tantas noches ha pasado en su escondite que la obscuridad más absoluta jamás le impediría figurarse los surcos de su piel absorbiendo el sudor de su frente, sus pulgares ejerciendo presión sobre sus sienes. Siente el roce fugaz de sus pestañas cuando decide entornar los ojos y espiar ansiando ver la luz más primitiva del nuevo día que otra vez llegará demasiado tarde.
El miedo en su fase infantil indica que la noche madura lenta. La penumbra y Lucía parecen niñas demostrando sus fuerzas desiguales. Lo que trastorna a Lucía es poder oírse a sí misma, la orquesta desordenada que ofrecen los órganos de su cuerpo. Tanto se agudiza su sentido más preciado que puede oír el mismo proceso auditivo; oye su sangre como un arroyo, de a ratos como un río; sus huesos crujiendo al más minúsculo movimiento, el vientre retorciéndose en su esfuerzo por terminar de digerir la cena; la saliva corriendo con dificultad por su garganta temerosa que ahora mueve a Lucía a emitir sollozos, gemidos breves acompañados por la inhalación precipitada del perfume de sus manos húmedas. De ellas oye los vapores ascendiendo y disipándose en el aire. Lucía quiere deshacerse de sus oídos habladores, quiere dejarlos en la almohada como esos cabellos que quedan descansando sobre la funda cual presagio de la vejez lejana pero inexorable.
Sólo queda arañar apenas el optimismo pensando que si su cuerpo suena, entonces funciona. Lucía esboza una mueca parecida a una sonrisa y vuelve a su miedo como gladiadora desarmada. Aprieta los párpados por última vez y ve, aliviada, pequeños destellos blanquecinos que juegan entre algunas manchas rojas, débiles e inquietas.


Mariela Lanús
19 de Enero del 2009
(Gracias, Ari, por la búsqueda madrugadora de nombres sin M)

4 comentarios:

Mocosa dijo...

También puede que al más diminuto sonido extraño se le acelere tanto el corazón que parece que se disuelve en su pecho, y quema un poco... a Lucía...

Ojaral dijo...

Ta muy bueno eso! Me hace acordar a un personaje de Bernhard que oía los terremotos que se producían en su cerebro y anticipaban el derrumbe de un castillo. Oír el crujido de nuestras vísceras y percibirlo como una revelación de la materia de que estamos hechos, su condición perecedera, mortal. Tan distinta a la materia de que están hechos los sueños y los personajes de Shakespeare.
Saludos!

Laura.A.F dijo...

Yo creo que la noche y los miedos no se llevan muy bien, no sé si sea la oscuridad, los ruidos sorpresivos o la quietud, pero el temor suele crecer de noche.Muy buen relato, Mimo, me gustó mucho tu forma de narrar.
Saludos :)

L'aura dijo...

Ah..ud no le contesta a su público?Qué vaga eh!