viernes, 30 de enero de 2009

Dientes mordientes

Hasta que se unan nuevamente tus dientes.
En mi yugular, híbrido de sal y azúcar.
En mis tejidos, en mi telar,
cáscara inútil de mi garganta.

Hasta que encuentres todos lo sabores.
Escarbá entre mis músculos débiles.
Hilos dentales de arándanos, mis venas.
Desgarrá mis voces más íntimas.

Mirá, así, como si cerraras un bostezo espontáneo, enorme...
Que todo tu cansancio descanse hundiéndose en mi cuello.
Yo te lo guardo, lo absorbo todo, lo disuelvo en mis brebajes,
esos que preparé especialmente para tu sed.



Mariela Lanús
30 de Enero del 2009

martes, 27 de enero de 2009

Bailar el florero


La anticipación de la obra en la cabeza. La obra dada de antemano. Pero, la misma, en movimiento constante, en fuga y, a la vez, permanencia. Es lo que domina antes de dejarse ver, de mostrarse, antes de ser, de ocupar un lugar (físico o no). Hay que seguirla como una orquesta a las manos del director.
Se nos revelan sobre la mesa los materiales y las técnicas, nos atacan, nos sacuden para despertarnos la creatividad, la única perla en el collar grotesco de las cosas que se suceden en nuestras vidas.
De repente, sentimos la necesidad de movernos al compás de ese devenir que es nuestra obra – no es “futura” obra, sino que es obra naciente, que se forma y se deforma a cada momento. Decía que, enseguida, sin darnos cuenta, nos vemos bailando... sí, bailando la obra, bailando las cosas. Seguimos la danza de lo que vemos que florece.

Mariela Lanús
25 de Enero del 2009

La semilla de la idea que sostiene este texto ridículo, la creencia en que la obra – que aún no se define porque, una vez terminada, se acaba la danza, o más bien, uno decide si la sigue después – lleve a cabo un baile, la encontré en las palabras de Guillermo Roux. Es él quien “necesita bailar el florero”, ese que pinta mientras da una entrevista o un monólogo para las cámaras de uno de los pocos programas dedicados al arte que hay (o hubo, dado el caso) en un canal de aire. Se agradece entonces al espíritu artístico y bailador de Roux, quien, afortunadamente, no sabe que hago estragos con sus bellas palabras.

lunes, 26 de enero de 2009

El filo del olvido

(Yo aclaro que me muerdo las uñas)

Para que afiles tus uñas,
mi espalda te ofrezco.
Por fin podrás quitarte los ojos
Rasgar el cuerpo de tus fantasmas
como a una media blanca que sufre
la tragedia dulce de la caricia
que con los dedos abiertos amenaza.

Puedes ahora trazar las cruces
que sangran el jugo del dolor ajeno
Para marcar el pecho
de quien jamás debiste haber nombrado
en lo más recóndito de tus deseos
Ten cuidado con quien sueñas
y más cuidado con lo que escapa
de los límites de tu boca

Contienen tus muñecas
la sangre que vierte tu secreto
Lo abrirás todo con tus uñas
cuando cierres un abrazo
aferrándote al rigor de lo que debe ser
La forma correcta de querer lo opuesto
El corte perfecto para olvidar
Y morder la normalidad
del puro silencio.


Mariela Lanús
25 de Enero del 2009

sábado, 24 de enero de 2009

Mi noche de viernes

Ensalada. “Siete arriba”. Suena Oscar Peterson. Melón, no es postre. Tamborileo impreciso de mis dedos. Segundos en silencio, el próximo tema. Me levanto para aplaudir a mi soledad. Barthes baila ante mis ojos como un demente. Desnudo mi pluma para acompañar su falta de respeto. Me deja, Barthes, así puedo ir a buscar mi guitarra. Acordes nuevos, cadencia decadente... murmuro una melodía interesante para mi almohada. Un calor insoportable me llena el vaso con espuma de nombre Artois. Reviso mi correo y me entero: la palabra del día (noche) es “arroyo”. Comento un libro de Alan Pauls en un foro de críticos más que pedantes. Me cansan estos idiotas que, como decía Girondo, saben cacarear pero nunca ponen un huevo. Se acaba mi viernes, la última gota, y mi cabeza en la primera hora del sábado.


Mariela Lanús
23 de Enero del 2009

lunes, 19 de enero de 2009

Exhumar la noche

Lucía pasó la noche presa de su cobardía. Un temor jamás resuelto, una fobia que se despliega en múltiples formas y por la cual ha estado sometiendo a su estómago a elevadas dosis de cafeína y somníferos, la obliga a enterrar la cara en la palma de sus manos cada vez que oye el murmullo del viento, una ventana mal cerrada que bailotea sobre sus bisagras, un grillo desafinado. La medianoche recién comienza y es infinita e indefinible como las líneas en las manos de Lucía. Tantas noches ha pasado en su escondite que la obscuridad más absoluta jamás le impediría figurarse los surcos de su piel absorbiendo el sudor de su frente, sus pulgares ejerciendo presión sobre sus sienes. Siente el roce fugaz de sus pestañas cuando decide entornar los ojos y espiar ansiando ver la luz más primitiva del nuevo día que otra vez llegará demasiado tarde.
El miedo en su fase infantil indica que la noche madura lenta. La penumbra y Lucía parecen niñas demostrando sus fuerzas desiguales. Lo que trastorna a Lucía es poder oírse a sí misma, la orquesta desordenada que ofrecen los órganos de su cuerpo. Tanto se agudiza su sentido más preciado que puede oír el mismo proceso auditivo; oye su sangre como un arroyo, de a ratos como un río; sus huesos crujiendo al más minúsculo movimiento, el vientre retorciéndose en su esfuerzo por terminar de digerir la cena; la saliva corriendo con dificultad por su garganta temerosa que ahora mueve a Lucía a emitir sollozos, gemidos breves acompañados por la inhalación precipitada del perfume de sus manos húmedas. De ellas oye los vapores ascendiendo y disipándose en el aire. Lucía quiere deshacerse de sus oídos habladores, quiere dejarlos en la almohada como esos cabellos que quedan descansando sobre la funda cual presagio de la vejez lejana pero inexorable.
Sólo queda arañar apenas el optimismo pensando que si su cuerpo suena, entonces funciona. Lucía esboza una mueca parecida a una sonrisa y vuelve a su miedo como gladiadora desarmada. Aprieta los párpados por última vez y ve, aliviada, pequeños destellos blanquecinos que juegan entre algunas manchas rojas, débiles e inquietas.


Mariela Lanús
19 de Enero del 2009
(Gracias, Ari, por la búsqueda madrugadora de nombres sin M)

viernes, 16 de enero de 2009

Mood

Les presento "Mood (un clima)", un tema de un gigante entre los guitarristas: Salinas. No creo que necesite más introducciones. Palabras mayores, queridos lectobservadores. Música para leer (con un rico café en mano). Pero, por supuesto, también se pueden hacer muchas otras cosas...

miércoles, 14 de enero de 2009

Lleváme lejos

Lleváme por tus venas
allí donde late tu centro.
Lleváme entre tu sangre
hasta el precipicio de tus extremos
En cada una de tus células
te estoy dejando un cuento
Y así, cuando me olvides,
me recordará tu cuerpo, al menos

Lleváme libre
en el último eslabón de tus cadenas
Lleváme ciega a ver la luna
que danza sobre la marea
Entre la comisura de tus labios
te estoy besando las ideas
Y así, en el instante que evita
que tu boca se mueva,
te ruego
simple, frágil, cansada, sincera
Lleváme siempre, nunca externa
Lleváme dentro
Lleváme lejos
y como quieras.


Mariela Lanús

14 de Enero del 2009

sábado, 3 de enero de 2009

Ella tampoco

Principalmente...
es ella
Ella, que viene tan toda,
tan casi completa,
tan tarde,
tan ella.
Me trae
lenta
una canción de a dos.
"Cantáme una octava
más arriba"
le suplico.
Puede.
Se me embrutecen las manos,
cuando puede.
Siempre teme
ella
siempre.
No quiere
molestarme el tiempo
ni el silencio, dice.
No pienso en eso.
Atajo sus notas
con mi rasgueo
trote ansioso y cansado,
marcado
por los golpecitos que da
en sus rodillas.
El sol delinea
el instante, su nariz
y su mano
elevándose delicada.
Hasta allá
llega su voz
y yo no soy nada
sin ella en el aire.
Cuando la canción se escapa,
como una mariposa
por la ventana,
ella cierra los ojos
para que yo los abra.
Me deja
una mueca extraña
en la boca,
color del pudor en las mejillas
y se va.
Nada dice
Pues no sabe
No sé
No sabemos decirnos
las canciones.

Mariela Lanús
31 de Diciembre del 2008