domingo, 21 de diciembre de 2008

Cristales por doquier

Calló la noche y todos comenzaron a hablar. De las voces emanaban olores frutales, y cuando estas se pisaban y alargaban las vocales, todo parecía estar hecho de uvas. Algunos, tal vez, miraban con las bocas, y cuando las cerraban – para tragar linfas y palabras imprudentes – parecían dormidos, o expertos en parpadeos.
Cada uno cuidaba muy bien de su copa, pues las moscas eran pocas pero astutas; ellas incluso sabían posarse en la lengua del que no sabía parpadear, y socorrerlo causaba tales molestias, que el tumulto reinante se volvía rumor humillante. Cuando todos regresaban a su parloteo, la paz se tomaba un descanso, y una mujer encendía un cigarrillo para olvidar el ridículo incidente del insecto intruso. Ella no sabía muy bien si ese era el momento, pero igualmente aprovechaba el barullo para soltar el humo en la cara de su compañero mientras enumeraba reclamos inaudibles.
Un hombre – que ya había bebido demasiado – seguía, con un movimiento de cejas, los segundos de un reloj hasta cansarse, y sólo entonces maldecía cada grano de arena. Dos chicas intercambiaban sus copas, hacían música en círculos con sus dedos índices y reían por dentro porque sabían de la transgresión que suponía hacer semejantes cosas. Un anciano las observaba envidioso porque su copa se rehusaba a silbar.
Cada cual en lo suyo y, de repente, lo suyo en cada cual. Las copas se vaciaron y nadie pudo contener su descontento súbito. Los más tranquilos rompieron en llanto; los rebeldes, en gritos; los caprichosos, en berrinches infantiles. Una joven profesora rompía con algunas reglas gramaticales mientras insultaba al “anciano decrépito, falta de escrúpulos, cuándo ha vístose eso, inbendito viejo desfeliz...”.
La conducta más acertada fue la de alguien que decidió aplacar la locura de la noche arrojando las copas contra las paredes blancas que ahora se llenaban de estrellitas moradas. En ese momento, todos lanzaron miradas perplejas al suelo, cerraron la boca sólo por miedo a las moscas, y se dedicaron a buscar – con los ojos y con el ceño fruncido – los pedacitos de sus copas, apartando los ajenos, para unirlos nuevamente, entre furtivas sacudidas de manos, heridas y cortadas inevitables.


Mariela Lanús
21 de Diciembre del 2008

3 comentarios:

Francisco dijo...

De lo que más me ha gustado. Parece que empezás a entenderte mejor con la extensión.

Un incauto (quizá yo mismo, algo dormido y desamorado), hubiese creído que estás haciendo prevención. O que nos descolocás escribiendo una fábula con moraleja bucólica.

Pero no. No.

Moscas, cristales hechos añicos, y sobre todo la desesperación vacía ante el silencio, que siempre llega. Me acuerdo de los sueños que pasean por las alcantarillas (tan existenciales también ellos), y no lo puedo evitar: me gusta. Me gusta aunque me vuelva reacción, pero es para no sentirme tan solo.

"I-i-i-i-isolation", decía John Lennon.

Mimo dijo...

No es, en lo absoluto, una fábula. Es cierto, querido Fran. Yo no soy la persona indicada para transmitir moralejas de ningún tipo. Sí puedo contar que vi esa escena en mi cabeza y formé parte de este grupo. Llegué a involucrarme de todas las formas con todas esas personas, se me metieron en los huesos. Sin embargo, no confesé jamás que mi copa quedó intacta y con unas deliciosas gotitas de almibar.

Mocosa dijo...

Yo, a mi copa la vacío... me mareo un poco... mis ojos van en círculos que espero sean discretos... y termino queriendo y deseando el cielo y que todo se vaya al infierno!