miércoles, 24 de diciembre de 2008

Universario de la uniprosa

La inerte contraprisa me desocupa. Esa afirmación renegada me detonaba los ex-sesos. Ahora y más tarde no podré dejar de subcaer hasta el postabismo. Enmimismada, busco las multiletras preinventadas que confiesen mis deseos de remudar mis pies a las cosmorillas, a las costántricas peninsulares incruzables. ¿Cómo desinterpelar al cielo más alto sobre mi antedestino? Yo no quiero el desrrecuerdo del mar sino la ultravisión inmediata de lo transmarino. Pero no. Pero nunca. La bi-virginidad de mis ojos ya es presagiable. Este descanso cansino, pro-hogareño, insumergible, antioceánico, desincitante, uniformemente hiper-rutinesco.


Lanús, Mariela
23 de Diciembre del 2008

domingo, 21 de diciembre de 2008

Cristales por doquier

Calló la noche y todos comenzaron a hablar. De las voces emanaban olores frutales, y cuando estas se pisaban y alargaban las vocales, todo parecía estar hecho de uvas. Algunos, tal vez, miraban con las bocas, y cuando las cerraban – para tragar linfas y palabras imprudentes – parecían dormidos, o expertos en parpadeos.
Cada uno cuidaba muy bien de su copa, pues las moscas eran pocas pero astutas; ellas incluso sabían posarse en la lengua del que no sabía parpadear, y socorrerlo causaba tales molestias, que el tumulto reinante se volvía rumor humillante. Cuando todos regresaban a su parloteo, la paz se tomaba un descanso, y una mujer encendía un cigarrillo para olvidar el ridículo incidente del insecto intruso. Ella no sabía muy bien si ese era el momento, pero igualmente aprovechaba el barullo para soltar el humo en la cara de su compañero mientras enumeraba reclamos inaudibles.
Un hombre – que ya había bebido demasiado – seguía, con un movimiento de cejas, los segundos de un reloj hasta cansarse, y sólo entonces maldecía cada grano de arena. Dos chicas intercambiaban sus copas, hacían música en círculos con sus dedos índices y reían por dentro porque sabían de la transgresión que suponía hacer semejantes cosas. Un anciano las observaba envidioso porque su copa se rehusaba a silbar.
Cada cual en lo suyo y, de repente, lo suyo en cada cual. Las copas se vaciaron y nadie pudo contener su descontento súbito. Los más tranquilos rompieron en llanto; los rebeldes, en gritos; los caprichosos, en berrinches infantiles. Una joven profesora rompía con algunas reglas gramaticales mientras insultaba al “anciano decrépito, falta de escrúpulos, cuándo ha vístose eso, inbendito viejo desfeliz...”.
La conducta más acertada fue la de alguien que decidió aplacar la locura de la noche arrojando las copas contra las paredes blancas que ahora se llenaban de estrellitas moradas. En ese momento, todos lanzaron miradas perplejas al suelo, cerraron la boca sólo por miedo a las moscas, y se dedicaron a buscar – con los ojos y con el ceño fruncido – los pedacitos de sus copas, apartando los ajenos, para unirlos nuevamente, entre furtivas sacudidas de manos, heridas y cortadas inevitables.


Mariela Lanús
21 de Diciembre del 2008

jueves, 18 de diciembre de 2008

Espera - Alfonsina Storni

He de darte las manos, espera, todavía
está llena la tierra del murmullo del día.
La bóveda celeste no deja ver ninguna
de sus estrellas... duerme en los cielos la luna.

He de darte las manos, pero aguarda, que ahora
todo piensa y trabaja -la vida es previsora-
Pero el corazón mío se esconde solitario,
desconsolado y triste por el bullicio diario.

Hace falta que todo lo que se mueve cobre
una vaga pereza, que el esfuerzo zozobre,
que caiga sobre el mundo un tranquilo descanso,
un medio todo dulce, consolador y manso.

Espera... dulcemente, balsámica de calma,
se llegará la noche, yo te daré las manos,
pero ahora lo impiden esos ruidos mundanos;
hay luz en demasía, no puedo verte el alma.

Storni, Alfonsina

Palabras mayores, queridos lectores.

lunes, 15 de diciembre de 2008

En mi gruta

Hoy soy un desparpajo de ideas, de insultos, de golpes, de malos deseos. Tengo todo mi dolor en el bolsillo, arrugado como un billete de dos pesos.
Por considerar a quienes amo (son más de los que lo saben), nunca saldré de mi guarida (y en mi guarida no sé ni cocinar). Mantendré la mirada fija en la entrada y lanzaré tres gritos al primer timbrazo: Leave me alone!.
“¿Quién te mandó a temerle al cosmos?”, me dicen. Y los pasos se van, percusivos, se alejan delatándose hacia otra parte.
Tengo una lanza en mi mano y un escudo en mi voz grave. No cometan una estupidez. Dejen lentamente su consejo, reclamo o sarcasmo en el suelo y márchense. Cuando los encuentre (mañana o pasado) será como cortar orquídeas.


Mariela Lanús
15 de Diciembre del 2008

domingo, 14 de diciembre de 2008

Dime la forma

Un tema que considero hermoso es este de Luis Alberto Spinetta. Es del álbum "Peluson of milk" (del cual "Cada luz" es un bello tema también, entre otros). El solo de bajo es del señor Javier Malosetti.
Una canción para escuchar sin zapatos. (Si no puede oirla por cuestiones técnicas, ¡entonces sería bueno que la busque!)


sábado, 13 de diciembre de 2008

Flor del tiempo fugaz...

Flor del tiempo fugaz
Dame un espacio
entre tu cuello y tus pies
Yo puedo abrazarme
por siempre a tu tallo
Considera mi forma
casi humana
¿No es acaso
lamentable?
No temas, entonces
Comprende: nosotras
no somos de esta tierra
Jugamos a querer
como dos idiotas
Pero tu aroma...
¿quién lo entiende?
Te llevaré, amiga,
a un país hermoso
donde el suelo es de azúcar
Obvio y simple remedio
para nuestras amargas raíces.



Mariela Lanús
11 de Diciembre del 2008

miércoles, 10 de diciembre de 2008

El cielo que cambia

Hay de esas gentes que cuando llueve cubren sus cabezas con el primer periódico que encuentran, o que ya tienen, o que compran para cubrirse, porque ya saben - mientras cuentan, desconfiados, el vuelto - que el cielo no se nubla en vano, nunca. Y si no moja, entonces sopla; y si no sopla, entonces oscurece, pero nunca porque sí y jamás porque no. El cielo, a diferencia de algunas personas y del reloj, siempre cambia por algo. Hay que recordarlo, incluso anotarlo si se tiene a mano un buen papel que no se eche a perder con el tiempo y con la humedad. ¡A no olvidarlo! Porque hasta el cielo sabe llover de memoria.


sábado, 6 de diciembre de 2008

Un almuerzo

Mamá revuelve los platos y en ese ruido suena un qué-sé-yo de la hora justa y del bocado oportuno. Los sonidos se mezclan, pero si uno se esfuerza puede separarlos y armar alguna melodía, seguramente no tan buena como la que ya compusieron el apuro y el llamado de mamá. Porque el almuerzo no está aún servido. Hay que ayudar a poner y disponer todo, con meticulosa cautela, sobre el ritual de la mesa, del mediodía y la tortilla que se desarma un poco, no mucho, sólo lo necesario en la fuente circular.
Hoy somos pocos aunque falte uno. A mamá le gusta siempre que nunca dejemos de ser todos, pero bueno... alguien ya pinchó su presa y no hay tiempo para pensar en el plato vacío o el cuchillo limpio. ¡Qué despropósito! ¡Si todo está para ensuciarse! Los dedos de Anita, las sonrisas de “los viejos” y los olores vírgenes del aire. El tiempo es una mandíbula enorme que mastica (y nos mastica) los restos de un almuerzo efímero.


viernes, 5 de diciembre de 2008

Siesta

Es tiempo ya de ir a la cama.
Yo te abandonaré en la orilla
y tú te ahogarás después
entre los peces del sueño
que te quitarán los zapatos
y te cantarán la canción
que dice que
antes que saber hablar
es mejor saber callar.
Dime ahora si
esta siesta eterna
no es mejor que la vigilia
que nos castigaba
noche y día.
Alguien
debía dormir...



martes, 2 de diciembre de 2008

Identificación

“Con frecuencia he pensado que la mejor forma de vida para mí consistiría en encerrarme en lo más hondo de una vasta cueva con una lámpara y todo lo necesario para escribir, Me traerían la comida y me la dejarían siempre lejos de donde yo estuviera instalado, detrás de la puerta más exterior de la cueva. Ir a buscarla, en camisón, a través de toda las bóvedas, sería mi único paseo. Acto seguido regresaría a mi mesa, comería lenta y concienzudamente, y enseguida me pondría de nuevo a escribir. ¡Lo que sería capaz de escribir entonces! ¡De qué profundidades lo sacaría! ¡Sin esfuerzo! Pues la concentración extrema no sabe lo que es el esfuerzo. Lo único que quizás no perseverase, y al primer fracaso, tal vez inevitable incluso en tales condiciones, no podría menos que hundirme en las más grandes de las locuras: ¿qué dices a esto, mi amor? ¡No retrocedas ante el habitante de la cueva!”


Franz Kafka