lunes, 29 de septiembre de 2008

Abracadabra

Abra cada puerta abra
Abra cada boca abra
A mí me llaman al silencio
Pero usted, usted abra
Cada obra cada libro abra
Habrá grietas cada vez que abra
Abra cuerpo cada alma abra
Abra triste cada ojo abra
Abra trenzas cada cabeza abra
Abrazos cada brazo abra
Abra rejas cada idea abra
Abra sargas cada sábana abra
Abra medios muerta cada tumba abra
Habrá suelos fértiles cada verso abra

sábado, 20 de septiembre de 2008

Por las alcantarillas se pasea...

Por las alcantarillas se pasea un sueño feroz, un sueño nocturno, pegajoso, de esos que no duran mucho. Se detiene para descansar y saludar a algunas ratas y cuando para ello levanta su mano, podemos verle los brazos escuálidos y adivinar que alguna vez alguien dejó de alimentarlo. Tranquilamente podríamos decir que no es nuestro y mirarlo con desdén, de arriba abajo y de abajo arriba y desde todos los ángulos mientras nos pasa cerquita como un insecto ciego, pero lo cierto es que se mueve casi como un picaflor. También podemos hacernos los desentendidos y, desde nuestra distancia (dos metros de indiferencia), arrojarle algunas migajas para que siga paseando por un ratito hasta que se canse y vaya a dormir con los demás roedores.

jueves, 18 de septiembre de 2008

La verdad de las grullas


Tomé el libro y soplé sobre su lomo. Las partículas de polvo se separaron desde el centro como iniciando una carrera hacia el vacío, abandonando a las otras en círculo, y descubrieron rápidamente un título que mi voz leyó temblando: “La verdad de las grullas”.

Era casi un hombre o casi una mujer. Un hombre (por decirlo así) atrapando ondas sonoras y pretendiendo tanto del mundo... haciéndole señas como a un taxi para que pare y lo lleve. Dará vueltas como todos los tontos. Nosotros somos los tontos y nadie se escapa, todos esperamos las manos del río. “Por eso todos nos estamos mirando”. Recurría a la razón para buscar al Sin razón pero el cielo se entrometía. ¡Tonto! Porque esperaba al Sin razón para que lo aleje como un destello. “Por eso todos nos estamos buscando”, decía con melodía conocida por nadie. No alcanza con sólo desearlo. Esperaba entre la luz, los árboles, en el aire, el agua. Esperaba y desesperaba por culpa del pasado, cada vez más lejano, cada vez más perdido en el bosque azul de la oscuridad. ¡Orgulloso! “Nada es imposible sin tu amor”, gritaba susurrando. Mientras él espera, las ciudades se vuelven junglas hasta la muerte y somos la causa de ello, “por eso todos nos estamos alejando”, por decirlo así. Aún entre los árboles, en el aire, en la laguna, aún el deseo del hombre esperando al mundo, o a un rey, o tan sólo a una mujer, o esperando tan solo... tan solo. Recuerda las noches de verano y, entre ellas, seguramente mi desilusión, o la de usted. ¿Sigue creyendo que todo es posible aún sin un amor?. En eso, pasan las grullas y le quitan su esperanza, arrojan lápices y le dictan sus consejos sabios: “No te aventures más allá del valle mortal”. Supo el hombre lo que ya sabía. Allí todo consiste en saber cazar al más tonto, al más débil, para dañarle hasta el sueño. No quiere eso el hombre (o la mujer). ¡No será entonces humano!. Porque hay que saber distinguirlos, aprender a distinguirnos, y es que “por eso todos nos estamos mirando”.


Mariela Lanús
Luis Alberto Spinetta
18 de Septiembre del 2008

sábado, 13 de septiembre de 2008

Esto no va a durar mucho...

Esto no va a durar mucho,
porque el odio de Dios me observa.
Sabe él que yo no quiero ver tantos ojos
ni reír por tantas estupideces.
Aún si extrañara Buenos Aires,
aún si masticara la hierba venenosa,
yo no estaría atada a esos árboles
ni me seduciría el escándalo sobre ruedas.
Todavía alejo a esas criaturas, a todas
Con mi forma de ser espeluznante, de ser YO.
Otros vendrán a decirme que no diga
Y se irán sobre sus manos
para que olvide las huellas de sus pasos.


sábado, 6 de septiembre de 2008

Consejos para estar solo


Elija un lugar en la lejanía (cuanto más lejos, mejor) y recluya allí su insignificante existencia. Pero antes no olvide tomar un libro, cualquiera.
Ya en su territorio (suyo y sólo suyo), cierre las rejas, el candado, la puerta, las cortinas, la boca. Siéntese en el suelo y cruce sus piernas (crúcelas como pueda). Abra los brazos, extiéndalos. Cierre los ojos y, con sus manos (brazos extendidos, recuerde), tantee el vacío a su alrededor. Comprenda que la ausencia es menester. Es entonces cuando comenzará a sentir ganas de cartas, de mensajes, de otros rostros, de voces... ¡Esto recién comienza! ¡Abrace sus piernas, no desespere, abrace sus piernas!. Entierre la cara entre sus rodillas como estuviera viendo dentro de un jarrón (de eso se trata). Luego de unos minutos levante la cabeza (las lágrimas no importan porque son sólo lágrimas). Observe el techo, mírelo con todas sus miradas, con todos sus gestos, con todos sus ojos. Ahora recuéstese. Tantee el suelo. Comprenda que el frío es necesario. Si su estado físico se lo permite, puede volver a abrazar sus piernas. Acompáñese con una canción, cántele a su reflejo en la baldosa número tres, arréglese la camisa en la número cinco. Póngase de pie sobre la número ocho. Sonría (sonría como pueda). Coloque sus manos sobre su cabeza. Olvide sus recuerdos, no desespere, olvide sus recuerdos y vuelva a recordarlos.
Ahora sí, usted está impregnado de ausencia. Entonces deslícese despacio por cada rincón, llene los espacios con su soledad (de eso se trata).
Bien, si ha seguido los consejos al pie de cada letra, ya habrá pasado media hora...
Y, por cierto, con el libro – no desespere- con el libro puede usted hacer lo que le parezca más conveniente.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Por último, sin ese buen aroma sucesivo...

Por último, sin ese buen aroma sucesivo,
sin él,
sin su cuociente melancólico,
cierra su manto mi ventaja suave,
mis condiciones cierran sus cajitas.

¡Ay, cómo la sensación arruga tanto!
¡Ay, cómo una idea fija me ha entrado en una uña!

Albino, áspero, abierto, con temblorosa hectárea,
mi deleite cae viernes,
mas mi triste tristumbre se compone de cólera y tristeza
y, a su borde arenoso e indoloro,
la sensación me arruga, me arrincona.

Ladrones de oro, víctimas de plata:
el oro que robara yo a mis víctimas,
¡rico de mí olvidándolo!
la plata que robara a mis ladrones,
¡pobre de mí olvidándolo!

Execrable sistema, clima en nombre del cielo, del bronquio y la quebrada,
la cantidad enorme de dinero que cuesta el ser pobre.

Vallejo, César (1892-1938)
A veces quiero escribir así... y a veces... quiero escribir.