martes, 21 de agosto de 2007

"Fankenstein" El lado oscuro del conocimiento




“La vida y la muerte me parecían objetivos ideales, a los que yo llegaría para derramar un torrente de luz sobre nuestro oscuro mundo. Una nueva especie me adoraría como su creador; muchas personas felices y buenas me deberían el ser, ningún padre podría reclamar la gratitud de sus hijos como yo la de ellos”[1]

Las luces que emanaban del sueño (por cierto, narcisista) de Frankenstein no tardarían en apagarse al verse el mismo reflejado en aquellos ojos amarillentos y observar las facciones totalmente imperfectas y monstruosas de su creación. El fracaso del proyecto de este “científico demente” es el fracaso de la modernidad y su deseo por alcanzar un saber absoluto entregando las riendas exclusivamente a la razón. Así, Hegel afirma:“...la Razón gobierna al mundo...”
[2] y Descartes enuncia su principio: “Pienso, luego soy”[3]. El problema gnoseológico es el problema central de la filosofía moderna y esta novela constituye una reflexión sobre este problema y sobre las implicaciones morales, sociales e individuales del mismo.
La primera cita del presente texto pone de manifiesto el anhelo de Víctor Frankenstein por ser dueño del poder que le adjudicaría su sorprendente descubrimiento, que se trataba nada más y nada menos que de dar vida a la materia inerte (hoy en día, el fantasma de la clonación, que genera polémicas en cuanto a sus usos y las cuestiones morales o, mejor aún, religiosas). Aquí se presenta cierta paradoja ya que para lograr obtener dicho poder, el Doctor debía transgredir ciertas normas ya establecidas por las autoridades y realizar sus experimentos en soledad y a la oscuridad de la noche; se trata de un saber esotérico, que no corresponde al que se transmite a través de las instituciones, que no es universalmente aceptado. Los profesores de la Universidad eran los que ordenaban a Víctor (cuando era estudiante) lo que debía leer y lo que debía olvidar (las ideas quiméricas que contenían los libros de Cornelius Agrippa, por ejemplo).
Sin embargo, ante la repulsión que le causó el fruto de su trabajo, Frankenstein termina por advertir a su amigo, el Capitán Walton, sobre “...lo peligroso que es la posesión de conocimientos y cuánto más feliz es el hombre que cree que su población natal es todo lo que hay en el mundo, que aquel que aspira a subir más alto de lo que su naturaleza le permite”
[4]. El mismo arrepentimiento expresa el monstruo, su creación, cuando experimenta el pasaje de un saber vulgar (sus primeros días de vida, descubriendo la naturaleza) a un saber exotérico, público: “¡Cuánto hubiera querido quedar siempre en mi bosque nativo, sin otro conocimiento ni otra sensación que el hambre, la sed y el calor!”[5]. Aquella soledad y oscuridad en la que se perdía la criatura de Frankenstein habían formado parte de las condiciones bajo las cuales éste último comenzó con su monstruosa creación.
El aspecto horroroso del monstruo sin nombre de Frankenstein, lo separa a aquél (y, en ciertos momentos, a su creador también) de la sociedad, por eso se hace inevitable el reclamo: “Me has dado sentimientos y pasiones pero me has abandonado al desprecio y al asco de la humanidad”
[6]. El dualismo cartesiano establece una separación entre el cuerpo y el alma (la sustancia pensante, res cogitans). “Consideraba [...] que tenía un rostro, manos, brazos, y toda esta máquina compuesta de hueso y de carne [...] que yo designaba con el nombre de cuerpo”. “Este yo, es decir, el alma por la cual soy lo que soy, es enteramente distinta al cuerpo y hasta más fácil de conocer que él”[7]. El ser que crea Frankenstein da cuenta del fracaso de dicha división, exige una explicación sobre una supuesta unidad. Ante esta perspectiva, que considera al cuerpo como máquina, sólo gozarían de derechos aquellos seres que posean “alma”, es decir, que no sean sólo ese ensamblaje que representa la criatura de Frankenstein. Según Kant, el alma tendría que ver con el color de piel y la procedencia del individuo: “La humanidad existe en su mayor perfección en la raza blanca”[8]. Para Kant, este rasgo físico codifica la capacidad humana “natural” para razonar y poseer talentos racionales; mientras que el modelo de humanidad es europeo, de forma tal que los otros son más o menos humanos o civilizados en tanto se van aproximando a dicho modelo o ideal.[9]
El sueño del científico loco, la idea de progreso indefinido de la razón moderna, es conmensurable con el modo de producción capitalista en cuanto a la posibilidad que existe en ambos proyectos de que las fuerzas conjuradas que se ponen en servicio de estos se tornen monstruosas, incontrolables e impredecibles, capaces de poner en cuestión al proyecto mismo. Considero, respecto al sistema capitalista, que los resultados monstruosos no se reflejan tanto en la sobreproducción de mercancías como en las clases que aquél engendra. No creo estar forzando relaciones, mas veo cómo se encarna la clase obrera en la piel arrugada de la criatura de Frankenstein; por ejemplo cuando el monstruo le reclama a este último:“Pero tú, mi creador, también me detestas y me desprecias a pesar de que soy obra tuya y de que estoy ligado a ti por lazos sólo disolubles por la desaparición de alguno de los dos”
[10]. La cita anterior demuestra la dependencia mutua de las clases sociales (la burguesía y el proletariado). Víctor también necesitó a su monstruo, este fue fruto de sus ambiciones de poder, y ahora debe controlarlo, mantenerlo en la oscuridad para no rendir cuentas sobre su horrorosa creación.

“Frankenstein” refleja el sueño del progreso de la razón y a la vez del deseo por controlar este progreso. Pero el monstruo se escapa, se escabulle entre la lobreguez que oculta todo lo que debe ser resistido por las mentes curiosas.


Mariela Lanús



[1] Shelley, Mary W. Frankenstein. 1ª ed. – La Plata, Terramar, 2004, p42
[2] Hegel, Georg Wilhem F. Filosofía de la historia
[3] Descartes, René. Meditaciones metafísicas
[4] Shelley, Mary W. Frankenstein. 1ª ed. – La Plata, Terramar, 2004, p41
[5] O.C. p100
[6] O.C. p117
[7] Descartes, René. Meditaciones metafísicas
[8] Citado en Emmanuel Chukwudi Eze, El color de la razón: La idea de “raza” en la antropología de Kant
[9] O.C. p226
[10] Shelley, Mary W. Frankenstein. 1ª ed. – La Plata, Terramar, 2004, p81